Dicen que el negro no tiene enemigos... hasta que el vecino prospera.
Y ahí es donde se asoma uno de los pecados más silenciosos, pero más peligrosos de nuestra gente: la falta de empatía, el no alegrarse por el éxito ajeno y el vivir creyendo que, si al otro le va bien, a mí me va mal. Nos cuesta reconocer que el triunfo de uno puede ser la inspiración del otro.